02 octubre, 2008

Pasa el tiempo también para Madariaga

Pasa el tiempo también para Madariaga
Alberto Pelaez
Nota de prensa enviada a todos los medios.
En el número seis de la calle Villadondiego, en Madrid vivió Florencio Madariaga hasta que fue detenido y llevado a prisión durante dieciocho meses.
La entrada del departamento era modesta. Unas vidrieras traslúcidas permitían entrar a cuentagotas una luz invernal que apenas podía salir por las nubes. Dentro había un comedor de menos metros cuadrados que los deseables, con una televisión cerca de los ojos de los que la veían porque el espacio era reducido.
Florencio Madariaga y dos compañeros más, que también estudiaban respectivos postgrados, compartían el mismo techo en un departamento de cuarenta metros cuadrados en aquel Madrid triste y frío hace casi tres años.
Al día siguiente de su detención visité su departamento y entrevisté a sus compañeros. Me enseñaron toda la casa incluida su recámara. Parecía la de un hostal decadente. Madariaga vivía como un anacoreta creyente en la Virgen. Tenía a la Guadalupana a un costado de una cama de medidas medias -muy pequeña para el estándar mexicano-. En la otra mesilla de noche había una foto de algún familiar. En una habitación adusta, de adustos armarios -apenas para guardar lo poco que tenía guardado-. Iba ligero de equipaje como el poeta. También recuerdo haber visto una Biblia y un pupitre algo destartalado. Lo utilizaba para estudiar. Todo aquel departamento era demasiado modesto para alguien que pudo haber evadido tanto dinero.
El día que visité el departamento conocí y entrevisté a sus compañeros. Roberto, latino y encorbatado, con aire de profesor y encantador de mujeres, me decía si podía creer que, alguien que podría haberse llevado tanto dinero podría vivir en aquella cárcel.
Francamente no. Le contesté
Mire. Le enseño el extracto de su cuenta bancaria. No llega a tres mil euros. ¿Cree usted que eso es dinero para alguien al que acusan de haberse llevado millones?
Francamente, tampoco. Le respondí.
Su "vocero" se llamaba Diego. Era un profesor español, profesor Titular de Filosofía del Derecho. Su vehemencia era tan sólo superada por su bonhomía. Hablé con él varias veces. Me llamó otras tantas. Siempre tuvimos una relación respetuosa y transparente. Me llamaba para que entrara en Internet, en el blog. Quería demostrarme que Madariaga se había convertido en la cabeza de una caza de brujas. Enfundado en un abrigo verde nos vimos siempre al calor de varios cafés express, de esos que parecen alquitrán y que te dejan despierto para el resto del día. Tenía mirada de despistado bajo unas gafas que le otorgaban cierto carácter intelectual.
Florencio sólo me hablaba de su familia. Le aseguro que si se vino a España no fue porque evadiera a la justicia sino porque le estaban acusando de delitos que no había cometido. En España, al menos continuaba preparándose. Y no se escondía. Todo el mundo sabía donde estudiaba. Donde vivía. El otro día fue al Congreso de los Diputados ¿Es eso esconderse?-.
Me contaba Diego con angustia por el amigo. Y había algo que me decía que no mentía, aunque como periodista contaba todo lo que veía en ambos lados.
Y es cierto que todos sabían que estaba estudiando y dónde lo hacía. Estudiaba en la Universidad Rey Juan Carlos. Se trataba de un doctorado de Estudios Avanzados de Derecho con una tesina sobre Libertad, terrorismo y democracia. Y lo hacía de día, a los ojos de todos, sin esconder ni esconderse, dejando pasar los piélagos para que se convirtieran en olas más livianas. Era discreto pero no escurridizo. Sin embargo no fue así. Por eso lo detuvieron y pasó dieciocho meses en prisión.
Sólo escribo lo que vi. No juzgo ni se me ocurriría. Desconozco si Madariaga fue o no culpable. Si creo, sin embargo, que noventa millones de dólares dan para mucho; al menos para vivir más onerosamente de cómo lo hacía en Madrid.
¿Pudo su vida monacal en España ser una tapadera?. No lo sé. Lo que sí sé es que ahora está en México libre de cargos. Tal vez hubo errores, mal entendidos, verdades a medias o taxativas, mentiras impías, dolo sin querer o queriendo -vaya usted a saber-, víctimas necesarias o innecesarias, manos negras o trasparentes. Pudo haber habido tantas cosas que sólo las entrañas de la justicia tienen la respuesta.No sé si Florencio Madariaga fue inocente o culpable. NI lo sé ni me corresponde saberlo. Lo que sí sé es que está exonerado de responsabilidad. Eso también es justicia.